Último ejemplar sujeto a confirmación física.
El Laicado y la Cuestión Social en América Central, (1970-1992)
Último ejemplar sujeto a confirmación física.
«Un gran amigo, pastor y maestro. Un hombre de Dios. Su incansable trabajo siempre iba orientado a construir un mundo mejor. Su amor por los pobres es digno de encomio. Es el académico más humilde que he conocido, pues en sus conversaciones nunca se jactaba de sus títulos, por el contrario, dijo: "mi mejor diploma es estar entre ustedes sirviendo como Dios quiere". Una inquebrantable utopía de paz y justicia social estuvo siempre presente en su mente; luchó tenazmente por ella hasta el último momento de su vida» (Ester Jacobo de Conde). «Fue el amigo, el hermano con quien podía compartir la vida, los esfuerzos en nuestra labor pastoral, las alegrías por los resultados, las inquietudes frente a los grandes desafíos que teníamos como iglesia a causa de la realidad del proyecto de muerte que atravesamos. Sacerdote con gran espíritu de fraternidad con los sacerdotes; les visitaba y animaba ante alguna crisis que atravesaban. Sacerdote encarnado en su pueblo, estudioso, cuestionador desde una pastoral liberadora, al estilo de Jesús de Nazaret» (Noemí Ortiz). «Hombre y cristiano comprometido con su vocación ministerial y la solidaridad para sus hermanos sacerdotes, a quienes en algunos casos trataba como un padre espiritual; confiaba y creía mucho en los laicos y le apostaba a la justicia social, buscando y construyendo espacios dignos para las personas. El gran amigo del que nos habla la Biblia. Compañero de luchas. Viviendo fraternalmente como Jesús en Betania, llamaba sin alteraciones de voz a construir el Reino al estilo de Jesús» (Paula Figueroa). «Hombre solidario. Destinó un fondo en la parroquia San Juan Bautista para la gente que siempre pedía ayuda. Disciplinado, pero esa disciplina ayudó a que el trabajo en la parroquia fuera lo mejor posible. Un gran consejero espiritual para sacerdotes y feligreses. En las misas de cuerpo presente tenía la palabra adecuada para calmar el sufrimiento y el dolor de la gente; eso lo digo de primera mano, porque escuché los testimonios de muchos dolientes cuando dijeron: "esas homilías me han llenado el corazón de esperanza y de tranquilidad"» (Amilcar Mena). «Si hubiera que sintetizar la vida y obra del padre Luis, bastarían dos palabras: fidelidad y coherencia. Fidelidad a su Iglesia, a su comunidad, a su familia, a su pueblo. Coherencia con la historia, con su opción preferencial por los pobres, con su compromiso como académico, como educador. Con su fe, como inspiración y horizonte, supo seguir las huellas de Cristo y, así, ser sal y luz para todas y todos» (Paulino Espinoza). «Conocí al padre siendo seminarista todavía, cuando hacía su práctica pastoral en la parroquia de la Zacamil. Se destacó desde entonces como una persona sencilla, servicial, accesible y muy inteligente. Ajeno a todo fanatismo o arrogancia, estaba hecho para contribuir a la buena convivencia. Dónde Luis se hizo presente se establecía un ambiente fraterno por encima de las cosas que nos dividían. El estrecho vínculo que establecía con
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